El Lado B: Brasil

CAPÍTULO II: BRASIL

Tardé casi 30 años en llegar a Brasil. Y eso es bastante. Bastante, considerando que, por lo general, es el primer destino que conocemos la mayoría de los argentinos cuando salimos al extranjero. Brasil, Uruguay o Chile. Por esas cosas de la vida, yo conocí primero lugares como Costa de Marfil o Lituania. No porque no tuviese ganas de ir a Brasil, sino que el hecho de saber que está ahí, justo al lado de Argentina, te hace pensar que podés ir en cualquier momento. Por A o por B, recién logré visitarlo en este recorrido. Y en parte fue bueno, porque en viajes anteriores hice muchos amigos brasileños que, por fin, me iban a mostrar su país, desde su perspectiva, y mejorar nuestra experiencia (más sobre Tuíla y Lucas más adelante). Antes de llegar, la expectativa era mucha. Cuando uno piensa en Brasil se imagina una vida al lado del mar, ligero de ropa, con un bronceado eterno y parece que la palabra “trabajo” no entra en la ecuación. De hecho, algunos amigos cariocas se ríen de este estereotipo, donde el mundo piensa en ellos como eternos bailarines de samba que lo único que hacen es ir a Copacabana o Ipanema y ensayar para el Carnaval. De a poco, fuimos dejando de lado los estereotipos y formando nuestra propia y humilde idea de lo que es Brasil. Digo humilde porque nada de lo que plasmamos es la verdad absoluta, es solo la impresión de alguien que vivió la cultura durante apenas un mes. Me gusta observar, analizar, imaginar, pero en tan poco tiempo sería imposible más que apenas rascar la superficie.

Nuestra primera parada fue Sao Paulo, donde nos recibió el primo lejano brasileño de uno de nosotros. La primera impresión que tuvimos de la ciudad fue su tamaño descomunal. Sin embargo, cuando preguntamos qué podíamos hacer, cuáles eran los lugares de interés y los atractivos turísticos, las respuestas de nuestros conocidos fueron parecidas. La Avenida Paulista, la Catedral de Sé y no mucho más… Lo que pasa es que Sao Paulo es una ciudad de negocios, el corazón financiero del gigante de Sudamérica y no necesariamente un destino turístico. No quiere decir que no haya cosas para hacer, estoy seguro de que las opciones deben ser muchísimas, sino que para citar a mi amigo Vini, “el encanto de SP lo descubrís después de vivir un tiempo aquí, no como en Río, donde todo está a la vista”. Por ese motivo, por nuestra corta estadía en la ciudad, no llegué a realmente experimentar Sao Paulo. Más que una caminata por el parque Ibirapuera, la Avenida Paulista (que por cierto, exuda mucha energía en cada una de sus cuadras) y algún que otro museo, no supimos bien qué hacer. Un par de días después, tomamos el autobús de 6 horas aproximadamente para llegar Rio, donde pasaríamos un mes.

Antes de llegar a la “cidade maravilhosa”, la gente te va preparando. Que Rio es “muito perigoso” de aquí y de allá. Todos parecen coincidir en que el tema de la seguridad en la capital carioca es cosa seria. “De esta no zafamos”, pensamos. “En algún momento nos van a robar”. Adelanto para mi mamá que está leyendo: no nos pasó absolutamente nada. Llegamos a la rodoviaria de Rio y nos tomamos un taxi para llegar a nuestro alojamiento por el próximo mes. El primer viaje en auto por Rio no se olvida: comenzás a ver las tan conocidas favelas que escalan los cerros verdes que están por toda la ciudad, divisás el Cristo Redentor sobre el Corcovado a lo lejos, pasás por la bahía de Botafogo con el Pan de Azúcar de fondo y bordeás la inconfundible playa de Copacabana. Después, llegás a tu alojamiento pensando en la cantidad de cosas que hay para recorrer durante tu visita. Nos hospedamos en un monoambiente en la Av. Nossa Senhora de Copacabana, en el edificio Douglas para ser más preciso, un poco entrado en años, pero con ese toque de antaño de la época dorada de Brasil (dato curioso: el edificio tiene un ascensor “social” y otro que tenés que usar si subís o bajas con el perro, las bolsas del súper, la sombrilla o cualquier cosa que incomode a los demás pasajeros o no quede “lindo” a la vista; supongo que es un vestigio de otras épocas que quedó instaurado). El departamento en sí está remodelado a nuevo, todo impecable, casi a estrenar. Dos dispositivos que nos salvaron la vida: el aire acondicionado y el purificador que te da agua fría y potable con solo apretar un botón. La ubicación: perfecta. A una cuadra de la playa, apenas cien metros de la emblemática Copacabana (sí, sí, muchos dirán que Ipanema y Leblon son mejores, pero tener a Copacabana a una cuadra ya es excelente de por sí). Como estaba soleado y no íbamos a desperdiciar ni un segundo de playa, descansamos apenas unos minutos y salimos a recorrer. Con el bronceado de alguien que viene de pasar un mes tapado hasta el cuello en Cusco (es decir, inexistente), caminamos desde Copacabana hasta Leblon para darnos una vista preliminar del lugar. El agua es bastante fría y no es transparente; la arena no es blanca. Sin embargo, la vibra del lugar es innegable y simplemente te dan ganas de quedarte ahí. No por nada son unas de las playas más conocidas del mundo y protagonistas de canciones que, sin darte cuenta, vas tarareando más de una vez mientras paseás por la ciudad: “Olha que coisa mais linda, mais cheia de graca… que vem e que passa…”

Ya que estamos, una breve nota sobre el idioma. El argentino promedio pasa dos semanas en Rio y ya cree que habla portugués. Y no pudimos escapar de la misma suerte. Comenzamos con unos tímidos “obrigado” por aquí y por allá durante los primeros días… agudizando bien el oído para captar la mayor cantidad posible de palabras y descifrar las menos evidentes. Y se puede; la verdad que son idiomas bastante parecidos y se entiende bastante (¡en un tour de la biblioteca nacional habré entendido hasta un 90%!). Hablarlo… eso ya es otra cosa. Segunda semana y nos la jugamos con varios “¿Você tem wifi? y ¿Você sabe a senha?”. Te entienden, los entendés, y te sentís lo más del mundo. De repente estás hablando otro idioma ¡y sin haberlo estudiado! Claro que después vienen dos adolescentes, te hablan rápido en el metro y te hacen dar cuenta que, en realidad, no sabés un carajo. Ya para el último, hasta conversábamos alguna que otra cosa con los conductores de Uber; chistes y todo, no solo del clima.

Volviendo al tema de la playa. Uno de los grandes motivos por los que los argentinos viajamos a Brasil es porque queremos disfrutar del mar, de playas un tanto mejores de las que tenemos en nuestra costa. Obvio que también era nuestra idea. Después de un mes de frío, viento y montaña en Cusco, el clima de Brasil era la recompensa. Claro que podés planificar cada detalle de tu viaje, pero con la meteorología no hay nada que hacer. El clima de Rio no nos ayudó demasiado. Muchas nubes, bastantes lluvias y algo de niebla. Por suerte, Rio es mucho, muchísimo más que solo playa, y la cantidad de atracciones no acuáticas que tiene, haría que valga la pena visitarla incluso si el mar no estuviese al lado. De hecho, a veces me olvidaba de que la playa estaba ahí, esperándote a que decidas sacarte las zapatillas y calzarte las havaianas. Por dar un ejemplo, muchas calles del centro de Rio te hacen sentir como si estuvieses andando por el microcentro porteño y tenés que recordarte que no, que no estás caminando por Reconquista camino a Plaza de Mayo, sino que estás en Rio de Janeiro, Brasil. Ahora que lo pienso, si Buenos Aires estuviese unos cientos de kilómetros al sur, bañada por las aguas del Atlántico y no del Río de la Plata, quizás no sería tan diferente. En el centro de Rio la gente camina de traje, bien vestida, sale de una oficina para entrar a la otra, pagan las cuentas, bajan a la vereda para fumarse un pucho. Una vida tan de ciudad que te olvidás que Copacabana e Ipanema están a minutos de distancia. Una buena amiga, carioca de cuna, me contaba que ella va muy poco a la playa. Como el resto, está atareada con la vida citadina, pero no importa: las playas forman parte de la identidad de la ciudad y aunque los cariocas no consigan ir por su rutina diaria, saben que está ahí y eso es lo que importa (palabras suyas, no mías).

Cerca de centro de Rio también está la Catedral Metropolitana que es bastante curiosa, por cierto, para ser una catedral. Es como una cruza entre una pirámide maya (a comprobarse más adelante), una nave espacial y los nichos de un cementerio. ¿Linda? No. ¿Fea? Tampoco. ¿Un poco rara para ser una catedral? Definitivamente. A pocos metros también están los arcos de Lapa, una de las postales inconfundibles de la ciudad. ¡Lapa! De día, el barrio no llama ni un poco la atención. Pero de noche… las calles explotan, la música inunda el aire y el forró se mezcla con la samba y otros ritmos musicales que no logré identificar. Es el lugar de preferencia por cariocas y extranjeros por igual para tomar unas caipirinhas, mucha (pero mucha) cerveza y pasar la noche en buena compañía. Fuimos un par de veces y el ambiente de alegría y fiesta era contagioso. Por encima de los arcos de Lapa pasa un pequeño tranvía turístico que te lleva al barrio de Santa Teresa. Distinto al resto y parecido a ninguno, es como si este barrio de la ciudad hubiese aterrizado por error en medio de la agitación carioca. Soñoliento, con calles de adoquines y casi que separado de la ciudad, se distingue por algunas casas con azulejos portugueses, las tiendas de artesanías y la onda bohemia ¿y hípster? de sus visitantes. Otro dato: no me acuerdo dónde leí que antiguamente era el lugar de preferencia de los más pudientes ya que la temperatura aquí era uno o dos grados menos que en el resto de la ciudad. También están las Escadas de Selarón, otra joya turística del centro. Se trata de unos escalones cubiertos por azulejos de todos colores y orígenes que se prestan para una linda foto.

Continuando con el tour de barrios tengo que nombrar a Vila Isabel, donde vimos quizás uno de los espectáculos más interesantes de nuestra estadía. Y aquí también me toca hacer una pequeña nota sobre Tuíla y su novio Lucash (porque los cariocas pronuncian las “s” finales como “sh”). A Tuíla la conocí hace 6 años en un contexto muy diferente: en San Petersburgo, Rusia, donde convivimos tres meses junto a otros 6 brasileños y la pasamos maravillosamente bien en un invierno para el que ninguno de nosotros estaba preparado. Un par de años después, recibí su visita en Buenos Aires. Y este año el reencuentro del grupo era en Brasil. Los chicos llegaron desde varios puntos del país para la cita y compartimos un fin de semana recordando las cosas que vivimos hace 6 años cuando todos teníamos un poco más de pelo y seguramente menos obligaciones y preocupaciones. Tuíla jugó de local y junto con Lucas fueron los mejores anfitriones que podríamos haber pedido. En una de las tantas salidas que organizaron para nosotros, nos llevaron al barrio de Vila Isabel. El sector que la mayoría de los turistas conoce de Rio es el centro y sur de la ciudad. La zona norte, por ser más pobre, tiene a pasar desapercibida. Nuestra visita fue en época pre-Carnaval y los chicos nos llevaron al ensayo de la escuela de Vila Isabel, una de las más emblemáticas de todas. Ahí, aprendimos un poco sobre el funcionamiento de este gran espectáculo. En el Carnaval participan “escuelas” y dentro de cada escuela hay “bloques”. Cada año, las escuelas eligen la canción que presentarán frente a millones de espectadores en el Sambódromo, también está la banda de música, los bailarines principales, la carroza, el atuendo y quién sabe cuántas piezas más que se combinan para representar una temática (generalmente de índole social) con el objetivo de ganar el primer premio y la fama y visibilidad que llegan de la mano. El ruido de la banda era ensordecedor, las chicas que bailaban samba eran una cosa de otro mundo, moviendo cada centímetro del cuerpo que parecían estar hechas de gelatina, y el ritmo de la canción era muy pegadizo (creo que tengo la letra guardada por algún lugar). Sin embargo, lo que más me sorprendió fue la pasión que la gente le pone a lo que están haciendo. Nos explicaban que ellos no reciben un salario por presentarse en cada ensayo y, literalmente, transpirar la camiseta. Lo hacen por pura pasión. Para ellos es un honor bailar en la escuela de su barrio y el sentimiento de pertenencia es enorme. El ambiente de alegría de esa noche (y las ganas que te daban de saber bailar aunque sea un poquitito de samba) son imborrables.

Esa misma noche de ensayo de Carnaval comencé a pensar un poco más en la cultura del brasileño y por qué nos diferenciamos con los argentinos. Nos explicaban que el Carnaval nació de los africanos, antiguos esclavos que, una vez que recibieron su libertad y dejaron de tener la protección de sus amos, tuvieron que instalarse en los cerros donde las tierras eran accesibles y, voilà, así nacieron la favelas. Ahora, estos descendientes de africanos que se ven por todo Brasil aportaron una riqueza cultural enorme al país: varios platos, algunas religiones (como el candomblé) y el mismísimo Carnaval. En Argentina también tuvimos esclavos. ¿Cómo seríamos culturalmente hoy en día si no hubiesen “desaparecido”? Tenemos el tango, que raíces africanas tiene, pero en Brasil la influencia se siente mucho más fuerte (por zonas, claro). De cierta manera, creo que quedamos “privados” de ese legado africano en nuestro país.

En Rio conseguimos colaborar con una ONG y fue una de las experiencias que, seguramente, más vamos a recordar de nuestro mes en Brasil. La organización se llamaba UmRio y estaba a cargo de Robert, mitad brasileño y mitad británico, que llevó a la realidad su proyecto de tesis de maestría. A través del rugby, la ONG busca promover la inclusión social de los chicos de las favelas. Además, se dictan clases de inglés y se dan talleres de salud, como consultas con dentistas. Nosotros encajamos perfecto con la misión de la ONG y nos sumamos con clases de inglés y un taller de nutrición. Durante tres semanas preparamos las clases, organizamos juegos, actividades y también improvisamos un poco. Existen muchísimos proyectos sociales en las favelas de Rio. La mayoría, sin embargo, está en las favelas de la ciudad; cerca de la playa para que los voluntarios puedan alternar entre impacto social y sesiones de bronceado. UmRio, en cambio está en Niterói, del otro lado de la bahía de Guanabara, lejos de cualquier atractivo turístico y a varios minutos y medios de transporte de viaje. Si teníamos una clase a las 2 de la tarde, por ejemplo, había que salir a las 12 del mediodía. Primero, un metro hasta la Praca XV, para tomar los ferries con destino a Niterói. Una vez del otro lado de la bahía, el tercer transporte era el colectivo que nos llevaba hasta Morro de Castro, donde estaba la escuela que participaba del proyecto. Y a la vuelta, un viaje parecido. La experiencia con los chicos hizo que valga la pena. Son niños y adolescentes de los barrios de los alrededores que asisten a clases de inglés porque quieren y no porque los obligan, sino que ven la posibilidad de aprender un poco más y la aprovechan. El solo hecho de que estén sentados ahí, escuchándote a vos, extranjero con ganas de sumarle experiencias a tu vida, en lugar de estar en su casa mirando videos de YouTube, es para admirarse. De todos, Gabriel era el más atento. Curioso, alegre y disperso como el resto, pero muy inteligente, de esos alumnos a los que te dan ganas de enseñar. En algunas ocasiones, también nos acompañaron Monique y Evelyn, dos brasileñas que regalaban gran parte de su tiempo a la causa. UmRio nos hizo sentir útiles y menos turistas. Como en todas las experiencias de este tipo, lo que aprendés siempre termina siendo más de lo que enseñás.

En dos ocasiones, dejamos Rio para conocer otras ciudades. Primero, hicimos un pequeño tour a la cercana Petrópolis. Esta ciudad toma su nombre de Pedro, el antiguo emperador. Sí, “emperador”. Lo que pasa es que, durante algunos años, Brasil fue un imperio. Cuando la realeza portuguesa decidió escapar de las atrocidades de Napoleón en Europa para protegerse, se instalaron en las tierras lusoparlantes del Nuevo Mundo. Años después, el hijo del Rey decidió no volver a Portugal y, en su lugar, estableció el Imperio del Brasil, que duraría unas seis décadas. Petrópolis era su “sede real”, con palacios, jardines y una arquitectura que te hace sentir más en Europa que en Brasil. De hecho, la ciudad está ubicada en una sierra y el clima es bastante más frío que en Rio, a pesar de estar a solo una hora de distancia en vehículo. El paseo fue muy interesante y nos dejó aprender un poco más sobre el período imperial de Brasil. En otra oportunidad, nos fuimos a Salvador de Bahía, a una hora y pico en avión en dirección norte. Habíamos escuchado maravillas de sus playas y el centro histórico. Salvador, de hecho, fue la primera capital de Brasil. Al llegar, no nos gustó de inmediato. Los edificios tienen un aspecto descuidado, bastante venido a menos y sumado a que todo el mundo te advierte de lo peligroso que es caminar por Salvador (incluso las oficinas de turismo te dan un mapa con las calles que podés transitar marcadas en amarillo). Las playas eran angostas, con muchísima gente y piedras enormes salpicadas por aquí y allá. Las mejores estaban lejos de la ciudad, como siempre, pero lamentablemente no nos daban las horas de visita para llegar hasta allá. Nos conformamos con bañarnos en esas aguas, que eran bastante más calientes que las aguas cariocas, y recorrer el famosísimo Pelourinho. Este lugar de Salvador sí que vale la pena visitar. Cuando la ciudad era capital de Brasil aquí se instalaron los más pudientes y la arquitectura portuguesa con casas de color pastel y mosaicos azules es un placer a la vista. Las iglesias están cubiertas de oro y todo tiene ese aspecto de cientos de años de antigüedad. Las callecitas son empinadas y angostas, con tiendas de recuerdos y cafés a la moda. El calor de Salvador es como nos lo habían advertido. La humedad te hace sentir pegoteado todo el tiempo y el sol pega con mucha fuerza. Fue una visita relámpago de apenas tres días y dos noches, pero nos permitió ver un poco del estado con más influencia africana de Brasil, comimos nuevos platos (como el acarajé) y conocimos a Cidia, una host que se ganó nuestro cariño. Llegamos a Rio con muchas ganas, y un poco de tristeza, para disfrutar nuestros últimos días ahí.

La comida de Rio es algo que extraño hasta ahora. El plato típico y por excelencia de los brasileños consiste en un trozo de carne (pollo, res, pescado), acompañado de arroz y feijao (porotos negros servidos en su propia salsa espesa). Simple, rico, barato y llenador; algo que comería cotidianamente sin ningún problema. También se lo puede acompañar con farofa, una harina de mandioca condimentada y crujiente que, como el queso rallado, te mejor a inmediatamente cualquier plato. Buena parte de la comida que más me gustó es de la que te vendían en los puestitos a orillas de la avenida Atlántica al frente de la playa. En Brasil hay una palabra, salgado, que funciona como término genérico y agrupa a varias cositas fritas que se venden en la calle, como las coxinhas, los kuppi, los pasteis y unas cuantas cosas más. Eran nuestra comida al pasar cada vez que estábamos llegando tarde para las clases en Niterói. A lo mejor mi plato favorito fueron las tapicoas, que se preparan con una especie de harina de mandioca que al calor se aglutina y queda como chicle. Adentro se le pone el relleno de preferencia y listo, al buzón.

Como dije antes, Rio está llena de atracciones además de la playa. Una de las imprescindibles es el Cristo Redentor, nueva maravilla del mundo. Como de costumbre, para llegar nos levantamos bien temprano para tratar de ser los primeros y poder sacar fotos sin tantísima gente alrededor. El trencito que te sube al Cristo Redentor está en el tranquilo barrio de Laranjeiras, como te lo recuerda la voz del subte cada vez que pasás por la estación más cercana. Después de unos 15 minutos de viaje atravesando la mata atlántica que cubre la montaña del Corcovado, llegamos a la cima. Un par de escaleras mecánicas después y ya estás frente a una de las vistas que vas a recordar toda la vida. Si repasamos las maravillas del mundo, vemos que todas son construcciones antiguas y majestuosas (Machu Picchu, Chichén Itzá, la Muralla China). Antes de visitarlo, siempre pensaba que el Cristo Redentor no merecía estar en esa lista (al igual que por ejemplo, la Estatua de la Libertad; no sé, no me parecen maravillosas). Sin embargo, cuando subís a la cima del Corcovado, te das cuenta que sí, que es una maravilla; no tanto por el Cristo en sí, sino por todo su conjunto. La vista de la bahía de Guanabara, el puente que llega a Niterói, las favelas que escalan los morros de la ciudad, el centro de la ciudad con su curiosa catedral, de un lado Copacabana y del otro Ipanema, el lago de Freitas, el Pan de Azúcar que se levanta en punta sobre el mar y cada uno de los 360 grados de la vista panorámica vale cada real que pagaste para subir ahí. La cima del Corcovado es una maravilla. También me sorprendió la complicada geografía sobre la que está asentada la ciudad. Buenos Aires es plana, tiene kilómetros y kilómetros para extenderse cómodamente. En Rio, las calles supieron acomodarse a su entorno y es como si la metrópolis se fundiera con la naturaleza, expandiéndose por donde se lo permite y tratando de integrarla a la ciudad cuando se puede. También vale muchísimo la pena subir al Pan de Azúcar. Nosotros, para ahorrar plata como siempre, subimos la primera mitad caminando y recién en el Morro de Urca tomamos el teleférico que te lleva hasta arriba para apreciar otra de las vistas emblemáticas de la capital carioca. En los alrededores de Rio hay varios cerros y montañas de diversos tamaños que podés escalar y seguir admirando la ciudad desde arriba. Por el tiempo y por el clima, solo llegamos a subir la Pedra do Telégrafo, pero seguramente no faltará la oportunidad para visitar el resto.

Nos fuimos de Rio a mediados de diciembre, cuando recién comienza la temporada alta, por la madrugada, todavía de noche, y aunque siempre me agarra una tristeza y nostalgia horribles cuando tengo que dejar un lugar, esta vez fue diferente. Suena cliché, pero no fue un adiós, sino un “hasta luego”. Rio me gustó mucho y hasta ahora, es una de las pocas ciudades donde me imaginaría viviendo un tiempo. Tiene todo lo que me gustaría de una ciudad: es lo suficientemente grande, hay muchas cosas para hacer y el mar está al alcance. Rio está cerca de Argentina, tengo amigos que viven ahí, y esta vez no voy a esperar 30 años para volver. Hasta el retorno, trataré de que me queden algunas cosas bien grabadas en la memoria, como la alegría de la gente, las caminatas a la noche por la avenida Atlántica desde Copacabana hasta Ipanema (y algún que otro viaje de vuelta en bici), la avenida donde vivimos un mes, el acento carioca de la mujer del subte, los chicos de Niterói, y tantos detalles más que las fotos ayudarán a refrescar cuando vayan pasando los años. Pero el viaje continúa y esto es solo el comienzo. Vamos ganando experiencia como viajeros, seguimos acumulando millas de vida y Colombia está a la vuelta de la esquina.

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