El Lado B: Perú

Capítulo I: Perú

Que Perú sea la primera parada fue una buena elección. De cierta manera, era un lugar conocido (al menos para uno de nosotros). Quizás porque fue mi primer viaje al extranjero, la primera vez, de muchas que vendrían, que armaba las valijas para experimentar un poco de “eso” que aparece cuando nos vamos lejos de casa. Porque allá por el 2009 la pasé muy bien, porque despertó algo que me hizo querer seguir viajando o porque sentí que había demasiado en el mundo como para quedarse quieto en el mismo lugar. Cualquiera sea el motivo: siempre me va a gustar Cusco. Y ahora, 9 años más tarde, casi pisando los 30, bien acompañado y sin mucho más que pedirle a la vida lo confirmo.

Buenos Aires. Despedida de mis padres que se fueron hasta Capital para verme partir y mucha emoción corriendo por las venas. (Nota: Por momentos no caigo en cuenta de que estoy viviendo EL momento de mi vida, algo que planifiqué durante meses, que quizás solo yo entiendo y sé el sacrificio que implicó; a veces intento frenar, solo pensar y asimilar cómo llegué hasta acá y todo lo que hay por delante). Un par de horas de vuelo y tocamos suelo en Lima. Lima es Perú, pero por momentos parece que no lo es. O al menos no es lo que nos muestra la industria del turismo y, de cierta forma, defraudaría al que visita el país para “ver ruinas, llamas y descendientes de incas”. De todas maneras, sirve para recordarnos que un país son muchas caras: lo moderno y lo antiguo; lo pobre y lo rico; lo que te gusta y lo que no. Lima es moderna, linda y cool si sabés qué lugares elegir. Si te movés un poco de la zona “in”, el Perú que estabas buscando y el que te prometieron en los folletos, te golpea en la cara y te recuerda que sí, que está ahí.

Tres días en Lima. Aterrizar en un nuevo país te despierta los sentidos, o al menos a mí. Miro cada esquina, cada edificio y a veces lo comparo con algo que me recuerda a casa (será el arquitecto frustrado que quiere salir). El distrito bohemio de Barranco fue donde nos hospedamos gracias a un estadounidense que nos prestó su living por unos días. La zona sur y costera de Lima es el lugar que eligen los autoproclamados “expats”. (Nota: por qué será que las personas originarias de países del primer mundo se hacen llamar “expats” cuando se instalan en otro país. ¿Acaso no son inmigrantes también? Pero claro, esa palabra tiene connotación negativa y es mejor usarla para el caso opuesto.) En esta zona de la capital peruana encontramos elegantes edificios con vistas envidiables al Pacífico, un centro comercial con todas las marcas internacionales, parques donde se practica paracaidismo y negocios, restaurantes y casinos. Ya se empieza a palpitar Cuzco: la mayoría de los turistas que están en Lima, solo están de paso para llegar a la capital inca.

Con ganas de ver el otro costado de Lima (y sobre todo porque me fascinan las zonas antiguas de la ciudad, esas donde las calles fueron testigo de la historia de un país), unas chicas que conocimos por medio de nuestro host nos organizaron un tour por el centro de Lima. La Plaza de Armas de la capital es hermosa. Los edificios coloniales, los balcones de madera, las plazas señoriales. ¡Pero claro! Si esta fue una de las ciudades más importantes del continente, la antigua capital del Virreinato del Perú, con su innegable influencia en la historia de toda la región. Me hubiese gustado que un guía me contase los secretos que guardan los edificios y el papel que tuvieron en la historia, pero Valery, nuestra amiga/guía por el día, fue genial de todas maneras. Completamos el día con pisco sour en un elegante hotel frente a la Plaza San Martín (un poco de orgullo argentino por el libertador del Perú) después de un almuerzo en el barrio chino de Lima (la ola de inmigrantes japoneses en el país se hace presente; ¡si hasta uno de sus descendientes llegó a la presidencia!). Lima es internacional y poco tiene que ver con lo que estás por admirar en Cusco. Y así, después de tres días, con toda la emoción por vivir un mes en el destino número 1 y contento por mostrarle a uno de los viajeros una ciudad que me parece fascinante, nos subimos al vuelo AV837 de Avianca con destino a Cusco.

Soy latinoamericano y soy argentino; es más, soy del norte argentino, con lo cual estoy acostumbrado a las típicas zonas de las terminales de colectivos, los mercados y las peatonales, un poco sucias, donde la gente se agolpa, los vendedores informales te ofrecen cargadores de celulares al lado de zapatillas de imitación y el olor a comida bien condimentada inunda el aire. Sin embargo, Cusco está llena de europeos, por ejemplo, y me imagino el shock que debe ser para ellos. ¡Qué divertido! Algo de eso también experimentaremos en Asia algún día: la novedad absoluta. Pero por ahora, al llegar, no resulta completamente extraño. Sin sentir los efectos del temido “soroche”, nos subimos a un taxi que nos llevó por un precio negociable (a olvidarse de los taxímetros por un mes) hasta nuestro alojamiento -mejor dicho, nuestra casa- durante la próxima treintena.

A pocas cuadras de la Plaza de Armas, sobre Nueva Alta, una calle histórica y empinada, y en el número 514 se encontraba nuestra casa. Una habitación en el segundo piso de una vivienda colonial, de esas con un patio en el medio, rodeada de columnas y donde las habitaciones estaban destinadas a familias que compartían el espacio del centro. La habitación es grande, cómoda, con un escritorio y una cocina por aparte. Es de esas que tienen el piso de madera y que cuando caminás cruje a cada paso. Desde la ventana, se ven los cerros y el caserío que se extiende a lo lejos. Las lucecitas de las casas brillan por la noche y también se escucha el ruido del tren que lleva y trae a entusiasmados pasajeros que mueren por conocer Machu Picchu. La emoción es tanta. No nos contuvimos y, pese a que deberíamos haber descansado un poco para acostumbrarnos a la altura, salimos a explorar. La primera parada fue el Mercado San Pedro, bastante turístico, pero igualmente espectacular. Cientos de tiendas que venden artesanías, condimentos, legumbres, frutas, verduras, quesos. Mención especial a las vendedoras de jugos que te llaman abanicando el menú para que te sientes a tomar una licuadora entera de jugo de mango, en nuestro caso, por el módico precio de 7 soles. ¡El olor que hay en el lugar! Todo junto, todo mezclado, te atrae y, por momentos, te repugna. Fue la primera visita de muchas que hicimos al mercado. Horas después, la altura nos jugó su mala pasada. Uno de nosotros comenzó a sentirse, perdón por la palabra, como el orto y el efecto duraría dos días. Pero se pasó y, después del malestar, la recompensa fue ver la Plaza de Armas con todas sus luces amarillas, los balcones torneados y el destello de las casas en los cerros.

La Plaza de Armas de Cusco merecería un capítulo aparte. Es el corazón de la ciudad y, sin lugar a dudas, una de las plazas más lindas que vi hasta ahora. La combinación de murallas incas hasta el metro y medio de altura, seguidas de edificaciones españolas y balcones de madera tallada es cautivadora. Mucho de los balcones están pintados de un color “azul Cusco” que noté en varias puertas y ventanas de la ciudad. En la plaza todo está meticulosamente cuidado: las plantas, las flores, la limpieza, las luces y hasta los pobres vendedores que la policía espanta cuando quieren vender llaveros de llamitas a 1 sol. De un lado la Catedral, en diagonal una iglesia más, callecitas de adoquines que te llevan a la Avenida del Sol, a la Plaza de la Estrella, a San Blas o a la Calle Arequipa. La cantidad de horas que pasamos en la plaza sería difícil de calcular. Fue nuestro “caedero”, el lugar donde íbamos a ver a la gente pasar, a charlar con alguien que quiera acercársenos y a tomar mate esperando a que se haga de noche, se prendan las luces y se ponga demasiado frío como para seguir sentados ahí. Cuando pensemos en Cusco, en el futuro, seguro que lo primero que se nos vendrá a la mente será la plaza.

Estar sentado en la plaza también es dejarse conmover. Tengo una debilidad especial por el esfuerzo y sacrificio de las personas, me sensibiliza y me pone a pensar. La Plaza de Armas es un desfile de vendedores informales que van y vienen ofreciendo sus productos a los turistas. Y lo peor de todo es que tienen que escaparse de los municipales que los corren como ganado al sonido de un silbato. No tienen permitido vender y “molestar” a los turistas. ¿Y qué ofrecen? De todo: calabazas talladas con motivos incas, llaveros de llamitas, lapiceras con cholitas en la punta, chulos y bufandas “para el frío, amigo”, joyas “a cinco solcitos, amigo”, “añímese” y mucho, pero muchísimo “massage, massage, my friend”. Cuando decís que no, los vendedores hombres te ofrecen a voz baja “marihuana, fasito, cogollo, cocaína”. Así de accesible. Las señoras de edad avanzada cargando bolsas y bolsas de mercadería al hombro, casi dobladas por el peso me emocionan y casi que me gustaría poder comprarles todo lo que venden para que no tengan que hacerlo por un buen tiempo. Los nenes también. Salen del colegio y vienen a ayudar a sus mamás a vender cualquier chuchería y algunos no pueden volver hasta haber conseguido un número determinado de soles. Y acá viene Daisy. La vendedora más carismática de la plaza, charlatana, compradora, confianzuda, se hizo nuestra amiga y todos los días nos venía a saludar, se quedaba hablando un rato con nosotros y tenía la esperanza de que le compremos algo (cosa que hicimos), aunque solo al principio. Después, era solo para charlar. (Nota: El último día de Cusco dijimos que no podíamos irnos sin saludar a Daisy y justo cuando estábamos perdiendo la esperanza apareció entre la llovizna para regalarnos una última charla y una foto que la acompaña).

Nuestra intención en Cusco era formar parte de un voluntariado que teníamos arreglado desde Argentina, para sentirnos más útiles, conocer gente, adentrarnos en el lugar y ver más de Cusco. Pero no fue así, el encargado de la ONG nos dio la espalda sin motivo aparente y no tuvimos más remedio que dedicarnos a ser puramente turistas (cosa que queríamos evitar, pero bueno… no se pudo). La ciudad imperial tiene muchas, pero muchas cosas para hacer, tanto dentro de sus límites como por los alrededores. Caminamos hasta Saqsaywamán para dejarnos asombrar por el tamaño de las piedras del fuerte inca y tomar fotos espectaculares de la ciudad desde la altura (imperdible la vista desde el callejón la Resbalosa). La visita a Qoriqancha fue una de esas que te hacen “abrir los ojos”. Era el lugar más importante para los incas, donde se encontraba el centro del imperio, las construcciones más majestuosas y perfectas, todos los caminos que llegaban hasta los cuatro suyos del imperio comenzaban aquí. El lugar y las explicaciones de cada sala te dejan boquiabierto. ¿Pero qué pasó después? Llegaron los conquistadores y para imponer su religión y cultura construyeron encima de los edificios más sagrados de los incas, como escupiendo sobre todo lo que ellos creían y consideraban especial. Así, el antiguo templo del sol está ahora reducido a solo una pequeña esquina porque lo reemplaza el altar de una iglesia católica. Los incas tenían una cosmovisión desarrolladísima: el mundo de arriba, el de la superficie y el de abajo, cada uno representado por un animal (cóndor, puma, serpiente), además de otras deidades, cada una con su contraparte (las estrellas, la luna (killa), la pacha mama y la mama cocha, etc.). Una civilización tan desarrollada, que lamentablemente no dominó la escritura y muchos de sus conocimientos quedaron perdidos en el tiempo, completamente devastada por la sed de riqueza de los conquistadores. Es difícil no sentir bronca, pena, admiración y una mezcla de todo junto.

La ciudad es segura y accesible. Todo está a minutos a pie de distancia. Uno de los lugares más lindos de Cusco es el Barrio de San Blas, donde podés encontrar barcitos, creperías, pequeños restaurantes bien decorados y hoteles boutique. En términos generales, Cusco es barato. Se puede comer un menú completo por apenas 10 soles y precios similares. Muchas veces cocinamos en casa con las cosas que comprábamos en el súper Orión de la calle Meloq y otras tantas íbamos a degustar algunos de estos menús económicos en varios restaurantes de la ciudad. El Sueño Azul fue nuestro favorito. Claro que la ciudad imperial tiene opciones para todos los bolsillos y podés encontrar restaurantes carísimos y hoteles de categoría para los más pudientes. Cusco, más que otras ciudades, me pareció estar invadida de turistas europeos de mediana edad que, calculo, no tendrán mucho drama con el presupuesto. ¿Qué se come en Perú? Papas a la huancaína, lomo saltado, tamales (los de la vendedora al frente de la plaza por 1,20 soles), ceviche, tequeños, cuy, anticuchos que no probamos, se toma chicha morada, pisco sour y agua embotellada, nada de la canilla. La comida peruana es una de las mejores del mundo y el último día fuimos a consentirnos a uno de los restaurantes más famosos de la ciudad.

El valle sagrado de los incas es una colección de ruinas que se extiende en todas las direcciones desde la ciudad de Cusco. Para acceder a la atracciones, la mejor opción es comprar el boleto turístico que te venden en la municipalidad y que te deja visitar 14 lugares de interés (es como completar un álbum de figuritas; buena suerte tratando de conseguirlas todas). Entre los lugares que visitamos estaban los más cercanos, como Tambomachay, Puka Pukara y Saqsayhuamán. Todos muy pintorescos y rodeados de ese velo de misterio que envuelve a todas las construcciones incas de Cusco: ¿Cómo lo hicieron? ¿Cómo lograron llevar piedras de 20 toneladas hasta la cima de un cerro? ¿Cómo hicieron para que las piedras macho y hembra encajen a la perfección sin usar herramientas modernas? Algunas preguntas tienen respuestas y otras simplemente nos dejarán con la intriga y un profundo asombro y respeto hacia la civilización prehispánica más avanzada de nuestro lado del continente. Entre los destinos un poco más alejados están Chinchero y Ollantaytambo. Recuerdo que Chinchero me había fascinado durante mi primera visita a Cusco, seguramente por la hora del día de la visita: al atardecer, con las luces y las sombras jugando en las terrazas de cultivos. En esta segunda visita no fue tan así. Me gustó, claro, pero no tanto. Por el contrario, Ollantaytambo me pareció excelente (es más, me parece extraño que lo agrupen con otras atracciones menores y que no tenga su propio precio de acceso por aparte como el Machu Picchu, pero mejor no les demos la idea…). Las ruinas son magníficas, toda una ciudad inca para explorar a nuestras anchas, subir por las terrazas de cultivo, caminar por las antiguas casas de la realeza inca, admirar la increíble vista con las que se despertaban todos los días. En Ollanta, como también en muchos otros lugares, descargábamos guías de Internet con anticipación para no tener que pagar por las explicaciones y no quedarnos sin conocer la historia del lugar. Bien gasolero, bien argento. El pueblo de Ollanta es muy pintoresco, 100% orientado al turismo y con un encanto que me dejó con las ganas de haber pasado una noche ahí. En otra oportunidad, ya más llegando al final de nuestro tiempo en Cusco, visitamos el pueblito de Pisac. Aquí hay una energía diferente. Es como la meca de los fanáticos de la ayahuasca, las regresiones a vidas pasadas, el yoga, la meditación y todo lo que tenga que ver con la cultura new age. Si hay algo que nos vamos a acordar de todos estos viajes por el valle sagrado es el transporte. Informal y desorganizado, pero con un innegable encanto. Llegar a una terminal de donde salen los autobuses era comenzar a escuchar los gritos de “Ollanta, Ollanta, Urubamba”, “Pisac, Pisac” y después, a negociar el precio. Si lo traducíamos a pesos argentinos era una ganga. ¡Y la música que se escucha adentro! No sé si existe oficialmente, pero parece haber un género de música peruana donde todas las canciones son interpretadas por mujeres que lloran lastimosamente por el engaño de sus hombres, “que se fueron con otra cholita”, “que son canallas”, y todo cantado con la vocecita finita y el corazón partío. La apodé “canción de lamento” y la banda sonora de estos viajes fue y será el disco de “Marisol y la magia del norte”.

En otra de las escapadas de la ciudad, visitamos la ciudad de Puno. No la ciudad, en realidad, que tiene poco y nada para ver, sino el lago Titicaca. Es uno de esos lugares must que no podés dejar de visitar si estás en Perú. La excursión típica consiste en visitar el lago en una pequeña embarcación y llegar hasta la isla de los Uros, un pueblo milenario que se asentó en las aguas del lago más alto del mundo y vive en pequeñas islas flotantes construidas con totora. En este tipo de atracciones es difícil saber el grado de realidad que tiene todo lo que ves y cuánto está “manufacturado” para el turista. No nos gustó, por ejemplo, toda la pantomima que las agencias de turismo “obligan” a hacer a los habitantes del lugar, como que te canten “vamos a la playa” antes de salir de la isla para que puedas tomarle fotos a los “pueblos primitivos” y mostrárselas a tus amigos en tu departamento de la ciudad. Soy bastante crítico, sí. De todas maneras es una linda excursión que también incluye una visita y comida en la isla Taquile, también acompañada de una “improvisada” interpretación de música y baile. También hay que pensar que la gente de estos lugares vive del turismo y nosotros, al consumir todas estas experiencias, estamos ayudando. Supongo que el balance es positivo. Entre otras de las excursiones típicas que ofrecen en las calles de Cusco está la de la montaña arco iris, que incluye un viaje en vehículo desde las tres de la mañana hasta llegar a la altura de los 5000 metros y luego una caminata de casi una hora, si mal no recuerdo. Escuchamos muchas opiniones encontradas al respecto. Algunos que nos decían que hacerlo era una locura y que no valía la pena, mientras que otros habían quedado encantados con el lugar. Por falta de tiempo, plata o ganas, no la hicimos.

El broche de oro de cualquier viaje a Perú es el Machu Picchu. Cambió bastante desde la primera vez que fui. La cantidad de turistas es mucho mayor y hay más restricciones. Todo el paquete de visitar una de las maravillas del mundo es bastante caro. Si uno va sumando las partes se llega a una cifra bastante abultada. Primero, el tren que va desde Cusco hasta Aguascalientes (uno de los más costosos del mundo), después tenemos el alojamiento en Aguascalientes, una ciudad “fabricada” alrededor de las ruinas para que los turistas tengamos donde pasar la noche. Se suman el bus que te lleva desde Aguascalientes hasta la puerta de entrada a las ruinas, la entrada al Machu Picchu (más el Wayna Picchu si estás interesado), el tren de regreso hasta Ollanta y, después, el bus que te deja en Cusco. Así y todo, vale completamente la pena y, por supuesto, conviene dejar esta atracción para el final. Todo lo que viste y aprendiste en Cusco y el resto de las ruinas menores se concentra y multiplica en el Machu Picchu. Es mucho mejor hacer el recorrido con un guía para comprender el significado de cada lugar, su historia y preguntar todo lo que se te ocurra (cosa que hicimos, y los pobres panameños que iban con nuestra guía tuvieron que soportar). La subida al Wayna Picchu era algo que me había quedado pendiente en mi visita anterior y esta vez conseguí hacerla. La vista que se tiene desde arriba es inmejorable y, pese a las recomendaciones y advertencias, no nos pareció complicada. En total, habremos pasado unas cuatro o cinco horas en el complejo y fue suficiente. Además, a diferencia de hace algunos años, ahora no podés ir “en reversa” de manera que si pasaste por un lugar una vez ya no podés volver hacia atrás. Eso, para controlar el flujo cada vez mayor de turistas. Y los hay de todas partes del mundo: chinos, japoneses, coreanos, muchísimos europeos y estadounidenses y, claro, latinoamericanos. Sin lugar a dudas, somos privilegiados de estar tan cerca de esta maravilla del mundo y es un destino que está relativamente accesible y que, el que pueda, debería visitar.

En mi opinión, Cusco es como un resumen de nuestra historia como latinoamericanos: las civilizaciones prehispánicas que fueron colonizadas, saqueadas y humilladas por los conquistadores del Viejo Mundo, la historia del catolicismo que llegó a América Latina para propagarse a casi todos los rincones del continente, la “fusión” y el “híbrido” que son nuestros países, una combinación más que interesante de raíces aborígenes y cultura europea. Visitar Perú es entender un poco más sobre el continente donde vivimos, nuestra cultura tan típicamente latinoamericana (un poco desorganizada y tirando resolver todo en el momento). En mi opinión, así son los destinos ideales, esos donde disfrutás pero también aprendés y volvés a casa con muchas ideas dándote vueltas en la cabeza.

Y así se cumplió nuestro primer mes de viaje, de aclimatación, de aprender a convivir, de abrirse a nuevos sabores, olores y colores. Aprendimos nuevas palabras, detectamos frases peruanas de todos los días, escuchamos canciones que para siempre nos remitirán a ese mes en Perú. Nos vamos del primer destino menos brutos, agradecidos y felices de haberlo elegido. Y nos esperan nuevas latitudes, un nuevo idioma, el calor y la playa. Brasil: ¡allá vamos!

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