¡Hasta pronto, Buenos Aires!

Llegó el momento. Tanta expectativa, tanta planificación, tantas noches sin dormir… No caemos en verdad de lo que está pasando. No nos entra en la cabeza la magnitud de lo que estamos a punto de emprender. Es la noche del miércoles 11 de octubre de 2017, y nuestras familias nos despiden con cenas previamente organizadas, amistades que nos hacen visitas de último momento para pasar las últimas horas con cada uno en Argentina. Los mensajes de WhatsApp (“¡Buen viaje!”, “¡Disfruten!”, “¡Nos vemos en algún país!”) se incrementan a medida que llega la hora de partir hacia Ezeiza, haciendo que poco a poco los intestinos se comiencen a anudar con el estómago y se produzca una especie de pelota que no se desatará hasta que el avión despegue. Voces en la cabeza gritan desesperadas “¡¡No te vayas, es mucho tiempo!!”, pero a la vez uno sabe que lo que está a punto de vivir es único, irrepetible.

Ya te despediste de todos, excepto de tus padres que se están subiendo al auto con vos para llevarte al aeropuerto. Una última mirada a tu casa, a tus cosas, a la cuadra, al barrio, sin saber cuándo será la próxima vez que los veas. El viaje a Ezeiza se llena de nostalgia, como si cada kilómetro recorrido fuera un grato recuerdo vivido en Buenos Aires. Pero ojo, no todo es tristeza! Si alguna vez viajaron al exterior, creo que compartirán que ese momento en el que estás llegando al Aeropuerto Internacional Ministro Pistarini, una ansiedad y adrenalina se adueñan de tu cuerpo provocando que todos tus sentidos se agudicen. Justo antes de llegar Buenos Aires se larga a llorar. La lluvia golpeaba las ventanillas de los autos y la autopista como si la ciudad también se estuviera despidiendo.

Ezeiza a las 3 de la mañana. Las luces de la Terminal A se reflejan en el pavimento mojado mientras cruzamos las calles con la mochila al hombro. Adentro nos encontramos ambos viajeros con nuestras respectivas familias. Luego de despachar el equipaje en la central de Avianca, subimos por la típica escalera mecánica que te lleva al hall previo a pasar a Migraciones. La despedida final no terminaba más. Hacíamos dos pasos y nos volvíamos a despedir. ¡Qué difícil! Las lágrimas brotaban impunemente de los ojos de todos envueltas en abrazos y palabras de aliento. Mostramos los pasajes y pasamos el molinete. Las manos se agitaban a la distancia antes de doblar hacia el pasillo que se dirige a Migraciones. Última vez que veríamos a nuestras familias en un largo tiempo. Finalmente, y tras saludar un buen rato, avanzamos.

Luego de pasar por los detectores y que nos sellen el pasaporte, entramos al “área zen” del aeropuerto, donde podés esperar tranquilo el llamado de tu vuelo. Nos avisan que está demorado. No importa, ya no importa nada, estamos por empezar la vuelta al mundo. ¿Qué nos hace media hora más? A las 6:30 de la mañana comienza el embarque para el vuelo de Avianca con destino a Lima. Mientras abordamos el avión, empezamos a caer en la cuenta de que el momento había llegado. ¿Cuándo volveremos a pisar nuestra ciudad? ¿Qué pasará en todo este tiempo? ¿A dónde nos irá llevando el camino?

Y el avión enciende sus turbinas. Empieza a aumentar velocidad mientras en las pantallas individuales pasan información a la que uno no está prestando atención. Quedás pegado al asiento sin posibilidad de moverte, a la vez que empezás a tomar altura y el paisaje se ve cada vez más lejano. Ahora sí, comenzó el viaje.

¡Hasta pronto, Buenos Aires!

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